Las manos de papá
Desde pequeño, Tomás recordaba las manos de su padre: grandes, fuertes, ásperas… manos que sabían trabajar la tierra, arreglar cualquier cosa y levantarlo en el aire como si fuera pluma.
Esas mismas manos lo enseñaron a caminar, a amarrarse los zapatos, a montar bicicleta. Manos que no sabían escribir poesía, pero que hablaban con gestos llenos de amor.
Con los años, Tomás creció, y su mundo se volvió más rápido, más exigente. Comenzó a ver menos a su padre, ocupado entre estudios, trabajo y metas. A veces, su teléfono sonaba, y al ver que era "papá", lo dejaba sonar… pensando que habría tiempo luego.
Una tarde, lo llamaron del hospital. Su padre estaba delicado. Tomás corrió, con el alma apretada, y al llegar, encontró aquellas manos que tanto lo habían sostenido… ahora delgadas, frágiles, temblorosas.
Se sentó a su lado, le tomó la mano, y por un momento, volvió a ser un niño.
—¿Sabes algo, hijo? —dijo su padre con voz baja—. Nunca necesité que fueras perfecto. Solo necesitaba que no te olvidaras de volver.
Tomás no pudo contener las lágrimas. Porque a veces, se entiende demasiado tarde que un padre no necesita regalos caros, ni palabras brillantes. Solo quiere saber que su hijo está ahí… que aún lo ama, aunque no lo diga.
Reflexión final:
Este Día del Padre, no esperes que el tiempo te recuerde lo importante. Llama, visita, abraza. Porque los padres son como faros: no hacen ruido, pero siempre están ahí, iluminando el camino… incluso cuando creemos que podemos solos.

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