Las pruebas no llegan para destruirnos, sino para formarnos.



La prueba es como el fuego al oro: revela lo que hay dentro.
Cuando todo va bien, es fácil decir “confío en Dios”.
Pero cuando el camino se oscurece, ahí se revela la verdadera fe.
La prueba produce paciencia.
La paciencia no es simplemente “esperar”, sino aprender a permanecer firme sin rendirse, sin amargarse y sin perder la confianza. Es la capacidad de sostener la fe mientras Dios trabaja en silencio.
La paciencia nos perfecciona.
No significa que nos hace perfectos sin errores, sino maduros.
La paciencia pule el carácter, quebranta el orgullo, fortalece la fe y nos hace más parecidos a Cristo.
Muchos quieren la promesa, pero pocos aceptan el proceso.
Sin proceso no hay crecimiento.
Sin presión no hay formación.
Dios no desperdicia tus lágrimas.
Cada prueba está construyendo algo eterno en vos.
Tal vez hoy estás en medio de una situación difícil.
No la veas como castigo. Mírala como taller.
Dios está trabajando en tu carácter, en tu fe y en tu esperanza.
Porque después de la paciencia viene algo hermoso: esperanza que no avergüenza.
La prueba te duele…
pero la paciencia te transforma…
y la transformación te acerca más a Jesús.

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