Título: “Las manos que sostienen… también pueden soltar”
No toda traición viene de un enemigo; muchas veces nace de alguien cercano, de alguien en quien descansábamos el corazón. Así le ocurrió a David con Ahitofel, cuyo consejo era como palabra divina, pero terminó siendo instrumento de traición. Así le pasó a Jesús con Judas, quien caminó a su lado, vio milagros, compartió la mesa… y aun así lo entregó. Y también Pablo experimentó el abandono de Demas, quien amó más este mundo que el propósito eterno.
Esto revela una verdad incómoda pero necesaria: el ser humano es limitado y cambiante. Hoy puede sostenerte, mañana puede fallarte. No porque todos sean malos, sino porque ninguno es perfecto.
Pero hay algo más profundo en todo esto: Dios permite ciertas traiciones no para destruirte, sino para enseñarte dónde debe estar realmente tu confianza. Cuando los brazos humanos fallan, los brazos de Dios permanecen firmes.
La traición duele, sí. Desilusiona, quiebra, hace tambalear la fe en las personas. Pero también abre los ojos. Nos enseña a depender menos del hombre y más de Dios. Nos recuerda que nuestro sustento no viene de la fidelidad humana, sino de la fidelidad divina.
Quizás hoy alguien te falló… pero no fue el final, fue una dirección. Dios no te dejó, te está redirigiendo. Porque hay apoyos que se caen, pero hay uno que nunca falla.

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